El estrés es ese indeseable compañero que está a nuestro lado cuando menos lo necesitamos. Ya sabemos que es uno de los males de la sociedad actual, que aparece en el trabajo, en nuestras relaciones y, por supuesto, en nuestra conducta.

El propio acto de conducir un coche ya es una acción estresante en sí misma, porque requiere un estado de alerta constante, aunque en este caso no es algo del todo negativo, ya que esa mínima tensión es la que nos mantiene despiertos y atentos a cualquier eventualidad del tráfico, aunque es muy recomendable un masaje erótico para aliviar el dolor. Pero lo preocupante es que hay situaciones que aparentemente deberíamos controlar y que se convierten en momentos de verdadero estrés, ya sea porque algo nos produce ansiedad, miedo o nerviosismo.

¿Qué puede causar estrés al conducir?

Obviamente, las causas del estrés al conducir son muy diferentes de una persona a otra, pero a continuación se exponen algunas de las más comunes entre los conductores.

  • Atasco de tráfico: La alta densidad de tráfico en las ciudades contribuye especialmente a aumentar el estrés al volante de las personas que conducen. Llegar tarde y no avanzar produce frustración y nerviosismo que pueden llevar a un comportamiento agresivo o impulsivo.
  • Pensar en conducir: A veces el cerebro es nuestro propio enemigo y puede ponernos más nerviosos al pensar que vamos a enfrentarnos a otro atasco asegurado un día más. El exceso de información junto con la imaginación puede jugarnos malas pasadas y hacernos sufrir por adelantado.
  • Sé agua, amigo: En numerosas ocasiones somos nosotros mismos los que nos exigimos tanto a la hora de conducir que nos provocamos grandes dosis de estrés sin que haya otros elementos externos que lo produzcan. Esa misma exigencia nos hace demandar un buen comportamiento a los demás, por lo que cualquier infracción a nuestro alrededor nos provoca agobio o estrés al volante y nos hace comportarnos casi como agentes de la autoridad reprendiendo a otros conductores por lo que nos parece una mala acción. Este es un papel que no debemos asumir si queremos evitar grandes conflictos.
  • Aparcamiento: Estar varios minutos dando vueltas para encontrar sitio puede ser un acto desesperante y provocar un aumento de la tensión para cualquiera. Pero además, cuando se encuentra una plaza de aparcamiento y se hace la maniobra de estacionamiento, se puede sentir estrés, sobre todo cuando hay vehículos que esperan a que terminemos la maniobra para pasar. Aquí, aunque seamos expertos en aparcar, seguro que algo falla, calculamos mal y tardamos el doble. Es la Ley de Murphy.
  • El ruido: El ambiente ruidoso o el ruido persistente y agudo pueden volvernos literalmente locos. Todos sabemos que no es lo mismo estar en un atasco escuchando música o la radio que escuchar el claxon de los vehículos que nos rodean. Simplemente atronador.